viernes, 26 de abril de 2013

colchones


En las grandes superficies hay siempre una sección especialmente confortable que paradójicamente suele estar despoblada de gente, se trata del departamento dedicado al yacer nocturno, sobresaturado por tanto de todo tipo de colchones y camas vacías, y atendido generalmente por amables señoritas dispuestas a llevarte a la cama en el sentido más comercial del término, vamos que te quieren llevar al huerto y que te gastes los cuartos en la cama y/o el colchón de marras (“como todas” que diría un machista recalcitrante que fuera capaz intelectualmente, algo harto improbable, de establecer un paralelismo metafórico entre “colchón/cama” y “todo lo que se le antoje”), por lo que se esmeran (aquellas señoritas que nombré hace un rato de cuatro líneas) en alabar la bonanza del látex, de los muelles ensacados o del viscoelástico si hace falta, incluso si te ven lo suficientemente pudiente y sofisticado te harán un interesante panegírico en favor del uso de un nuevo gel para rellenar colchones que está a la vanguardia en lo relativo a comodidad, ergonomía, frescura y limpieza, siendo para más INRI un invento de la mismísima NASA, al igual que el viscoelástico, de manera que yazcas o no sobre los diferentes colchones mientras eres observado detenidamente por la dependienta, puedes acercarte a las estrellas al sentirte como un astronauta de la NASA, o en el peor de los casos como un chulo de barrio que prueba los lechos destinados a adoptar distintas posturas corporales de cúbito plano ante la atenta mirada de aquella damisela de nombre grabado en la chapita y fácil sonrisa, rasgos exóticos y vulgar uniforme, que trabaja como dependienta de esa GRAN COMPAÑÍA que vende colchones y todo lo que usted precise, porque eso es lo único bueno de las grandes superficies, que igual puedes adquirir un viaje en crucero por el océano Pacífico hasta Birmania que un bolígrafo BIC de punta fina.
Con semejantes premisas cuesta creer que el departamento del yacer nocturno sea una de las secciones menos visitadas en las grandes superficies por la gente común, quizás por eso sea mi lugar favorito, para descansar unos ratitos breves en distintos lechos, sacar consecuencias útiles sobre el agravamiento del estado del bienestar en ese recorrido tecnológico desde la lana de oveja hasta el viscoelástico de la NASA en tan solo treinta o cuarenta años, y de paso intentar subirme la autoestima personal y sensual al ser durante el tiempo que precises y seas capaz de alargar el acto, observado, hablado y sonreído por una bella joven que se interesa sinceramente por el lecho y la superficie donde te encuentras más cómodo, al tiempo que te informa técnica y profesionalmente con todo tipo de detalles y aterciopeladas palabras (no, esto no, me estoy pasando, creo, perdón) de las mejores posiciones para conciliar el sueño, enumerándote asimismo las ventajas y defectos comparativos de cada uno de los rellenos, pues al fin y al cabo son rellenos, ni más ni menos que rellenos, y nada más que eso, rellenos, porque no nos olvidemos que estamos hablando de rellenos, material de relleno para envolver nuestros sueños nocturnos, LA VIDA CON MAYÚSCULAS VAMOS, si esto fuera una metáfora y yo un filósofo, pero como no lo soy, volvamos donde estábamos, a la cama, ese lugar apasionante donde nos pasamos casi un tercio de nuestras vidas, una tercera parte del hospedaje en este valle de lágrimas, ¡ahí es ná!, de manera que a pocas luces que uno tenga ha de procurar que sea dicho colchón del mejor material posible, pues nos va en ello ni más ni menos que nuestra espalda, esa que conviene mantener recta y digna a lo largo del camino, ese deambular que mencionábamos antes del valle de lágrimas, eso, espalda recta, como la moral, la conciencia o la dignidad, todas rectas e intachables, para gozar de una osamenta bien armónica propiamente dicha, pues eso, que en el calentón propio de la subida de la autoestima que nos procura la conversación y observación de la damisela uniformada, no os extrañe que empecemos a aspirar a las más altas cotas de comodidad en el descanso nocturno, de forma y manera que nos empiece a interesar más que seriamente el tema propuesto, ese colchón de nuestros sueños, destinado a aliviar nuestra cansada masa muscular, y, por ello, debido a la exaltación propia de toda erección, seamos todo oídos a qué marca, modelo y relleno nos proporcionará la mayor flexibilidad, frescura y tactos imaginables, pero a la vez, y paralelamente, nunca mejor dicho, que se adapte certeramente a tus necesidades anatómicas en cuestión de medidas, a lo largo y a lo ancho, sin olvidarnos del grosor lógicamente, tan importante para conseguir esa sensación de plenitud que todo ser humano desea por las noches, total, que llega un momento tal en el que es tanta tu confusión, que no sabes si la dependienta está describiendo las características del miembro viril que anhela: ancho, largo, ergonómico, antialérgico, flexible, moldeable, que deje huella y grueso, sobre todo en la punta, o las características propias de un simple colchón, ¡joder!, y uno, que en el fondo es un romántico empedernido, pues total, que cae, pica, y compra ese colchón maravilloso de la anchura, longitud, elasticidad, frescura, ergonomía y grosor adecuado para ti, para tu vida y para la gran parte de tus noches… Total, que te lo llevan a casa enrollado, empaquetado y desinflado, lo pagas, sí, ya lo has pagado, y se queda sobre tu canapé, hinchándose solo, lentamente, como una erección metafórica que tuviera tu nuevo colchón basculante, como tu polla, al yacer en tu dormitorio sobre la superficie de tu canapé, el caso es que tarda varias horas en empalmarse, y cuando le mides el grosor con tu cinta métrica, a tu nuevo y ansiado colchón, resulta que tiene tres centímetros menos de grosor del que te dijo tendría la damisela esa del puto gran almacén donde te han timado, ese grosor exagerado que también figuraba en el prospecto del jodido colchón de marras, ya tuyo, lo has comprado y pagado, ya no tiene remedio ni siquiera guasa, te tumbas, duermes esa noche sobre él, y a los dos o tres días o noches, mejor dicho, te has encariñado, y total, ¿para qué cambiarlo?, a ver si el nuevo va a ser peor, de algún pie cojeará también, o sea, que te lo quedas, porque, total (perdón por tanta redundancia, soy un puto aficionado, no profesional), por dos o tres centímetros menos de grosor, no le vas a hacer ascos a TU COLCHÓN DEL ALMA, porque donde esté el amor que se quiten las varas de medir y las calculadoras de la NASA. 

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